dimarts, 22 de novembre de 2022

No se debe banalizar el suicidio


Desde el desconocimiento es fácil emitir opinión sobre aquel que, por motivos diferentes, ha decidido acabar con su vida, y a la vez tildarlo de cobarde o de valiente sin conocer cuál es el motivo que le lleva a tomar esa decisión.

Es cierto que un suicidio invita a la elucubración, pero no es justo para quien lo sufre que esos adictos a la morbosidad, posiblemente con buena fe pero con alguna dosis de sadismo, intenten dar explicaciones y hacer juicios de valor sobre un suicida.

La realidad es muy cruel y dura, pues de lo que se debe ser consciente es que quien sufre el suicidio y precisa de atención no es el suicida, pues él ya no está, sino las personas que han estado a su lado y no han sabido evitar el suicidio, aunque también hay quien no ha querido hacerlo.

Puedo asegurar, con conocimiento de causa por haber “sufrido” un suicidio, que la realidad poco o nada tiene que ver con lo que esos “jueces” de conducta imaginan, y que si los más allegados al suicida, en un primer momento, no tienen respuestas a los ¿por qué’s?, seguro que ellos muchísimo menos.

La misma palabra genera reparo, rechazo y miedo, y aunque se intenta guardar cierta distancia, el “sufrimiento” de lo que algunos consideran erróneamente daños colaterales comienza a hacerse patente y a evidenciar sus consecuencias y las consiguentes dudas, inmediatamente después de que el hecho causante sea irremediable.

¿Enfermo el suicida? Con seguridad sí. ¿Con efermedad mental? También con seguridad, sí. 

¿Ha sido el suicida un enfermo mental, y esto ha sido la causa del suicidio? Generalizando no. 

¿Acaso la eutanasia no es un suicidio? ¿Se puede considerar, a quien pide la eutanasia,   como alguien que tiene mermadas sus facultades mentales? Creo que no, sino todo lo contrario, pues es consciente de los motivos y tiene la firme voluntad de hacerlo.

Pero la excepción no confirma la regla, y hay suicidas potenciales que precisan de atención psicológica para evitarlo, pues sólo la muerte no tiene solución.

Y en ese punto se dan cita las preguntas para encontrarle sentido y preguntarse si se hizo todo lo posible.

Pero lo que es frívolo a la vez que insensiblemente atrevido es afirmar si el suicida ha sido un valiente o un cobarde por haber cometido ese acto, pero de un modo u otro responde a la voluntad personal, aunque siempre me ha asaltado una duda en referencia a si se quiere echarse atrás.

Apretar el gatillo o lanzarse por un ventana es algo que hace imposible eñ arrepentimiento y no puede torcerse la voluntad del suicida, pero en cambio, si rl camino sea, por ejemplo la llamada muerte dulce, que sí daría tiempo al camino de retorno, demuestra una voluntad firme que invita a respetar la decisión.


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