dimecres, 26 d’octubre de 2022

¡Prohibido prohibir!.


Esa sería una de las leyes que debería primar sobre el resto; no digo tener rango de constitucional, pero para aquellos que creemos en el ser humano y que en torno a él debe girar el mundo debería ser una consigna a seguir.

La persona normal es consciente de lo que está bien y de lo que está mal, por lo que tiene plena capacidad para administrar su libertad, sabiendo que el ejercicio de esa libertad tiene como límite justamente la del vecino, por lo que su libre albedrío estará siempre parametrado por las normas esenciales de la convivencia.

Siendo así, ¿qué necesidad hay de crear la normas que prohiban actuar al ser humano como tal?

¿Y por qué regla de tres se deben elaborar y llevar a la práctica normativas que coarten el libre desarrollo de la vida, bajo amenazas de medidas coercitivas que contribuyen, de manera artificial a distorsionar y mediatizar el civismo natural, intrínseco del ser humano?

Sé que estas premisas son las de una sociedad ideal sin normas artificiales supeditadas a intereses opacos, que persiguen mantener la supremacía de unos seres humanos sobre otros.

Y sé que mi visión de esta sociedad es utópica, pero es mi utopía, la que siempre he perseguido, pero que siendo consciente de que jamás sería una realidad, nunca he luchado más allá del “negro sobre el blanco”.

Si alguien quisiera etiquetarme podría decir que soy un ácrata conformista que, sin renunciar a la también utópica social-democracia a la que me obligué a evolucionar hace muchos años para defender mi visión de la sociedad, ha llegado a la conclusión de que, utopía por utopía, prefiero moverme en la que menos frustración me va a provocar.

Como decía Bakunim, la libertad la moralidad y la dignidad del individuo consiste en que haga el bien, no porque sea forzado a hacerlo sino porque libremente lo concibe y lo quiere.


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