dimecres, 8 de juliol de 2020

Microrrelatos los niños del paraguas


Dos microrrelatos que envié al concurso "Los niños del paraguas" que organizó la empresa Municipal Aguas de Cádiz en su 25 aniversario.

"¡Agua a la vista!
Era lo bastante grande para imaginar que el mango era el mástil de un velero como los que cada día veían en el puerto y ellos eran lo suficientemente pequeños como para, acomodados en el estrecho e inestable interior del paraguas puesto al revés, pudiesen imaginar ser dos experimentados navegantes.
Una lluvia inesperada y no muy intensa, que de momento solo humedecía su ropa, aumentó las posibilidades de su aventura dándose órdenes uno a otro pues, en aquella pequeña nave, los dos eran sendos patrones.
Pero la lluvia que poco a poco arreciaba y que amenazaba con hacerles zozobrar, les hizo maniobrar de manera sincronizada, y saltando de la cubierta se colocaron bajo la quilla, no para resguardarse, que también, sino para recoger el agua en el interior del sombrero impermeable del paraguas.
Hoy se iba a hacer realidad La idea que a los dos niños les rondaba por la cabeza hacía tiempo, pues podrían demostrar a aquellos que reivindicaban la importancia de ahorrar agua, lo que podrían lograr si convirtiesen el paraguas en una gran nave.
Cruzando el mar de lluvia con el paraguas en la cabeza, los dos se veían gritando ¡agua a la vista!"

"Bailando bajo la lluvia
Ensimismados veían cómo bailaba y saltaba al ritmo de la música, pero, sobre todo, envidiaban cómo chapoteaba divertido en los charcos que la lluvia iba dejando a su paso.
El paraguas complementaría el juego con el que Pablo y Virginia tenían previsto pasar la tarde, una vez el Morfeo vespertino evitase que los abuelos les impidiesen salir al patio a retozar entre el agua que caía a raudales.
No había farola para encaramarse y saltar al inundado suelo para salpicar cuanto más mejor, pero el avellano que utilizaban habitualmente para sus juegos serviría para ese menester, aunque en este caso lo importante era el agua y el paraguas que deberían compartir, pero, sobre todo, las ganas incontenibles de quedar calados hasta los huesos.
Fue corto pero intenso, hasta que el abuelo se asomó para ordenarles entrar, amenazándolos con el correspondiente resfriado, aunque unos labios que regañaban, pero a la vez escondían una sonrisa, indicaban que ganas no le faltaban para unirse a los niños.
De hecho, al recoger el paraguas y con aparente enfado acompañar a Pablo y Virginia a abandonar esa danza, no pudo reprimir silbar y hacer un amago de paso, imitando al bailarín que tanto admiraba"




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