dimecres, 5 de juny de 2019

El oficio más antiguo del mundo


Si por lo siglos de los siglos nadie ha sido capaz de erradicar el oficio más antiguo del mundo, como es la prostitución, era absurdo pensar que desde la ilegalización y la correspondiente   penalización de su ejercicio se iba a hacer desaparecer esa práctica.

Porque tanto el que ejerce esa actividad como profesional (sea por obligación o devoción, porque de todo hay), como el usuario habitual o esporádico buscará todas las argucias para sortear las medidas coercitivas y sus correspondientes sanciones.

Por ello cuando hace unos meses, en respuesta a la petición de legalizar un sindicato de profesionales del sexo, se erigió la respuesta beligerante de diferentes sectores de la sociedad para evitar su inscripción y puesta en marcha, basándose en la ilegalidad de esa actividad y generalizando argumentos subjetivos de dudosa solidez realista, me preguntaba si el final de ese movimiento de protesta iba a traducirse en algo realmente positivo para solucionar aquello que para muchos puede significar un problema.

Y me ponía el ejemplo de la economía sumergida, de aquello que se denomina el “trabajo en negro”, donde la Administración persigue y a la vez intenta ayudar al infractor para legalizar el desarrollo de su negocio, aunque cabe decir que las medidas son generalmente insuficientes.

En cambio, en el ejercicio de la prostitución la única medida que se ofrece es la persecución de la actividad y su ilegalización, lo que incentiva la imaginación para encontrar mecanismos alternativos y contribuye así a la proliferación de proxenetismo, pues los que se dedican a esta actividad saben que las medidas de “reinserción” social que se ofrecen (y que no todas las personas que se mueven en este ámbito reclaman) son insuficientes, ineficaces y poco prácticas, con lo que al final la Administración actuará bajo el “ojos que no ven…”

Al resurgimiento del ahora denominado “sugar dating” (que no es un fenómeno nuevo), y que como dice una “sugar baby” no es más que prostitución adornada, se me suscitan algunas preguntas.  

¿No lógico no sería perseguir al proxeneta que se aprovecha de la persona que ejerce la prostitución, y no castigar a quien la ejerce, ya sea por obligación o devoción que, repito, de todo hay?

¿Con medidas coercitivas, no se está limitando la libertad de las personas, negando la propia realidad?

¿Lo práctico no es regular para controlar el ejercicio de la actividad, y no simplemente prohibirla?

Creo que la prostitución es un tema se utilizó, se utiliza y se seguirá utilizando por los siglos de los siglos como elemento de sobreactuación para acallar conciencias, dándole interesadamente cariz de problema generalizado impidiendo así soluciones efectivas para aquellas personas que sí están realmente en situaciones denigrantes.


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