diumenge, 25 de novembre de 2018

Violencia de género. No es un problema estructural


Cada 25 de noviembre acabo con cierta sensación agridulce, pues tengo la sensación de que en este día en el que mostramos nuestro compromiso para luchar contra la violencia de género, lo hemos convertido en un mero punto de encuentro mediático para que los políticos de turno muestren su “solidaridad silenciosa” con las víctimas.

Parece que no se atreven a gritar y a decir ¡No, ya basta!, pues es políticamente más correcto esconderse en un minuto de silencio, leer un manifiesto al que por recurrente año a año ya nadie presta atención, y avalar algunos eventos y acciones que, en algunos casos, se han programado para más de un día.

Pero es que quedarse afónicos gritando ¡No, y ya basta!, sería como reclamárselo a sí mismos pues son ellos, los que tienen la responsabilidad política, quienes deben aplicar las medidas para que la violencia de género no se considere una epidemia ni tampoco un problema estructural de la sociedad, como algunos quieren considerarla perversamente, pues haciendo mayor el problema i generalizándolo mucho más difícil será la solución, y seguro que menos efectiva.

Posar con semblante compungido, leer una declaración institucional consensuada, guardar un minuto de silencio o encabezar una manifestación cada 25 de noviembre no es suficiente, de la misma manera que tampoco lo es organizar charlas, compartir experiencias o clases de defensa personal durante una semana al año, sobre todo si estas actividades van destinadas principalmente a las personas susceptibles de ser víctimas de la violencia, y no a las que la provocan.

Porque no podemos obviar que los que ejercen la violencia o los que potencialmente pueden ejercerla, son a quienes la sociedad debe dedicar esfuerzos y recursos para prevenir. ¡Y ahí estamos todos!, pero sobre todo aquellos que tienen la capacidad de aprender y asumir sin mediatizaciones sociales que la igualdad es incuestionable, y que el género, al igual que el color, no diferencia a un ser humano de otro, pues todos somos iguales.

Es ahí donde debemos invertir, en pedagogía, aunque sea de manera subliminal, y no en soluciones complementarias y superfluas basadas sobre todo en números estadísticos, que penalizan más al agredido que al agresor.

Si se han contabilizado 44 víctimas con resultado de muerte, a las que también se han de sumar las muchas víctimas colaterales que sufrirán también las secuelas de esa violencia, sin olvidar todas aquellas personas que día sí y día también están sometidas violentamente, denuncien o no su situación, y que mañana pueden hacer crecer la cifra de asesinados y/o asesinadas, ¿no son suficientes datos para actuar, creando protocolos judiciales, policiales y sociales realmente efectivos?

La respuesta debería ser un sí rotundo, aunque lamentablemente es la rotundidad del no la que prevalece, lo que lleva a peguntarme si es que no interesa que el problema desaparezca, y poder mantener la atención mediática sobre el problema y sobre las soluciones simplistas que pueden contabilizarse, y que pueden engrosar el contenido de un discurso político.

¿Cómo un político puede permitirse el lujo de afirmar que tienen detectados 58 casos de violencia en una población? Si los tienen detectados, debería hablar en pasado, por cuestiones de prevención.

¿Cómo es posible que la solución a un episodio de violencia de género se resuelva escondiendo a la víctima, y que se considere un éxito crear viviendas para que esa víctima pierda su libertad?

¿No es de reducción al absurdo el dictar órdenes de alejamiento a una persona violenta y asesino potencial pensando que la va a cumplir, y no aplicar medidas personales o tecnológicas para obligar a que esa orden se cumpla?

Sinceramente creo que no nos creemos la gravedad del problema, que se le está dando una dimensión equivocada, y que hay personajes que intentan considerarlo como estructural con la finalidad de acrecentar la fisura entre géneros, algo que no beneficia a alcanzar la igualdad efectiva, que es donde radica la solución.

dissabte, 24 de novembre de 2018

Gargajo, aunque no fuese consumado


Dijo que no hubo escupitajo, pero sí confesó que había hecho un mueca con la boca que, a manera de bufido o resoplido, se podría considerar como un “amago” previo a esputar.

Lo que no cabe duda, como reconoce hasta tácitamente el mismo diputado, que fue una acción de menosprecio y desprecio hacia el ministro Borrell, algo de por sí ya reprobable.

Pero claro, es necesario minimizar el impúdico acto, y para ello intentan quitarle la importancia a la acción, (no pueden esconder que aun siendo un amago de escupir no consumado, la acción existió), dándole el protagonismo justificativo a la posible consistencia, color y volumen del esputo.

¿Acaso es menos grave si al diputado Salvador en el esfuerzo de la mueca se le hubiese escapado un capón, que si estuviésemos hablando de un gargajo de aquellos que se aprecian después de un sobreesfuerzo pectóreo-nasal para que la boca se llene de “sustento”?

¿Acaso el agravio es menor o mayor dependiendo del calibre del “proyectil”, o si tiene mayor o menor viscosidad, o si el color es verde, amarillo o una mezcolanza “membrillera” de ambas tonalidades?

Creo que de un tiempo a esta parte los políticos de este país de cualquier ámbito están aparentando gobernar para esconder su incapacidad, desviando la atención con cuestiones baladís para que los ciudadanos nos “olvidemos” de los verdaderos problemas que nos acucian, y para que desde el exterior se perciba la visión de que en España todo es de color de rosa.

Pero no, no todo es de color de rosa, como podría desprenderse al observar que el esfuerzo de los diputados y diputadas se dedica a medir y calibrar el valor cualitativo y cuantitativo de un sipiajo, escupitajo, escupitajo o gargajo, pues es igual el nombre que se le quiera dar.  

Lo que proyectan estos personajes es una falta de respeto hacia la ciudadanía y una ridícula talla política que nos debería ruborizar, a la vez que están alimentando peligrosamente opciones ideológicas no deseables.

dijous, 22 de novembre de 2018

De izquierdas y simpatizante de SCC


Cuando ayer el Diputado Rufián protagonizó una de sus habituales astracanadas y puestas en escena, tildando al Ministro Borrell de hooligan y ultraderechista por pertenecer a Sociedad Civil Catalana, al margen de la indignación que como ciudadano sentí -y que todo ciudadano debería sentir por la falta de respeto que demostró este personaje a la soberanía popular- me pregunté el porqué de ese rechazo y menosprecio tan intenso que el movimiento independentista demuestra contra esta organización, cuando el único objetivo de SCC es promover la convivencia y la cohesión entre los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya.

Y llegué a la conclusión que esa actitud beligerante que se acompaña de insultos, improperios y descalificaciones no esconde más que un temor cerval a que SCC se vaya consolidando como el punto de encuentro de todos aquellos que con ideologías políticas dispares -casi en las antípodas unas de otras en algunos casos como dice un amigo-, pensamos legítimamente que la independencia no es el modelo más beneficioso para Catalunya, pero que a la vez respetamos la legitimidad que tiene el movimiento independentista para defender sus tesis por las vías democráticas vigentes.

Reconozco ser uno de los muchos simpatizantes de izquierdas de Sociedad Civil Catalana, -¡sí de izquierdas¡-, y no me duelen prendas de compartir espacio de reflexión y convivencia con ciudadanos y ciudadanas de otros posicionamientos políticos la idea de que ni el nacionalismo ni el independentismo son la mejor fórmula.

Sr Rufián, al igual que el Ministro Borrell, ni soy de ultraderecha ni hooligan, simplemente soy un catalán que, desde principios y convicciones socialdemócratas, no cree en la independencia y que entiende que Catalunya no está en los supuestos que se contemplan internacionalmente para ejercer el derecho de autodeterminación.

Y mi posicionamiento merece el mismo respeto que el suyo.

dijous, 8 de novembre de 2018

Socialismo es servicio


Lo que pretendía era halagarme diciendo aquello de que “tú vales mucho”, y en cambio lo que consiguió el compañero fue que me ratificase en el acierto de mi decisión de abandonar la militancia de todo partido político, porque al decirme que si hubiese tenido paciencia y no hubiese renunciado hace ahora cuatro años a la militancia política del PSC, ahora podría estar en algún puesto de responsabilidad en manos del PSOE.

La verdad es que no sé si “valgo o no valgo”, pero puedo afirmar que mi militancia de más de 30 años no ha estado condicionada jamás a ningún tipo de aspiración, ni orgánica ni de representación pública, sino al firme convencimiento de que uno vale por lo que sirve, siendo consciente de los límites y capacidad de servicio que cada uno tiene, y entendiendo que los partidos políticos son una herramienta de servicio a la ciudadanía, y no un fin en sí mismo.

Y puedo asegurar que he tenido oportunidades para haber accedido a puestos responsabilidad, pero haber podido declinar la oferta de alguna Dirección y Subdirección General con retribuciones de “vértigo” o haberme negado a formar parte de candidaturas de ámbito supramunicipal, por ejemplo, me ha permitido apartarme del lamentable nivel de degradación en que parte de la militancia activa ha ido cayendo por esperar prebendas personales.

Creo, y así lo sigo pensando, que es desde la defensa activa de los principios socialistas como más puedo acercarme a mi “utopía social”, por eso me frustra el menosprecio hacia una de las mayores y para mí más importantes reflexiones de Pablo Iglesias: sois socialistas no para amar en silencio vuestras ideas ni para recrearos con su grandeza y con el espíritu de justicia que las anima, sino para llevarlas a todas partes.

Lamentablemente, la priorización de intereses personales sobre los colectivos está difuminando este pensamiento de Iglesias, cayendo en una especie de onanismo ideológico que al final no deja de ser más que la prostitución del concepto de servicio que debe planear sobre cualquier organización política, sobre todo socialista.

Han sido muchos los compañeros socialistas que a lo largo del tiempo han demostrado su compromiso con la sociedad, dejando patente su valor desde el servicio, contribuyendo a que algunos sigamos pensando que “los socialistas no mueren: los socialistas se siembran”, lo que nos empuja a seguir defendiendo nuestros ideales, aunque fuera de militancias orgánicas.