dilluns, 9 d’abril de 2018

En festivo también se enferma


Quiero romper una lanza a favor de los profesionales de la Sanidad Pública de Catalunya pues estoy convencido, y este fin de semana he tenido oportunidad de corroborarlo, de que las deficiencias del sistema de salud no son achacables al personal, sino a la falta de personal que permita cubrir las atenciones que precisan los usuarios, que es cuestión muy diferente.

Sábado 7 a las 11 horas. Hospital Josep Trueta de Girona, centro hospitalario de referencia de la provincia. Tras una derivación desde el CAP de Sant Feliu de Guíxols a las 9 horas aproximadamente, con traslado en vehículo particular, se le comunica al paciente que deberá trasladado al Hospital de la Valle Hebrón de Barcelona.

La surrealista razón es que el especialista que debe atender al paciente y practicarle una intervención de urgencia solo atiende dos días por semana. Es de suponer que si en el Trueta no hay médico especialista, tampoco debe haberlo en alguno de los hospitales cercanos; o sea que en todo Girona no hay esa especialidad.

Para trasladar al paciente al Valle Hebrón se debe esperar una ambulancia que venga de Barcelona. A las 21 horas, después de 12 horas, aparece el transporte sanitario.

Llegada a Barcelona sobre las 23 horas. El especialista de urgencias, vista la gravedad de la situación decide operar esa misma noche, pero debe desistir y programar la intervención al día siguiente. La razón obedece “simplemente” a que este centro hospitalario Valle Hebrón, referente en todo Catalunya, esa noche solo puede disponer de 2 quirófanos que en este momento están ocupados.

Programación a las 9 horas del domingo 8, aparece el equipo de cirugía a las 10, y el paciente en camilla, junto a sus familiares y el correspondiente celador toman el camino del bloque de cirugía situado en otro lejano punto del hospital.

Atención exquisita de la cirujana, así como de los técnicos y enfermeros, no tanto del celador que aunque educado debería estar cabreado por el slalom que “conduciendo la camilla” hacía sorteando porta bandejas de comida que ocupaban los pasillos sin que nadie las apartara, como también montones de camillas destartaladas que supongo esperaban ser arregladas.

Con desgana, pero con educación, indica a los familiares una sala de espera diciendo aquello de que “ya les avisarán”.

Una, dos, tres horas sin ninguna noticia elevan la tensión, más aún cuando la cirujana nos había informado que la intervención era delicada aunque breve si no había complicaciones.

La casualidad hace que descubramos que la sala donde el celador nos había ubicado no era en la que debíamos esperar.

Lo curioso es que en esa sala de espera de cirugía, toda la información se hace a través de “plasma”, pero sin nadie con quien interactuar para que expliquen como interpretar esa información codificada,  pues los muchos interfonos y ventanillas de información permanecen cerradas a cal y canto.

De nuevo la buena atención del personal sanitario, que a pesar de no ser el ámbito asistencial de su responsabilidad investigan donde se encuentra el paciente, y nos indican cómo llegar al lugar donde está atendido, ya hace casi dos horas.

Tal y como yo recordaba, el Valle Hebrón era un hospital donde las visitas estaban controladísimas, y pasearse por el centro sin ningún control era prácticamente imposible.

Pues bien, en busca del paciente perdido, los familiares pudieron recorrer gran parte del hospital sin nadie que les saliese al paso, entrando en despachos de médicos, en salas de atención, en urgencias, en quirófanos y hasta elevando la voz pidiendo que “alguien contestase”.

Uno podría decir que bien está lo que bien acaba, pues el paciente localizado y la incidencia de salud aparentemente sido superada, pero el acabar bien no significa que esté bien, como lo demuestra el hecho de que sólo hace falta ir a la cafetería del hospital y hacer un comentario sobre la asistencia, y las voces se unen para denunciar infinidad de quejas similares.

La experiencia de este fin de semana me ha permitido llegar a dos conclusiones:

Salvo alguna excepción, los profesionales de la sanidad son eso, profesionales, y son ellos los que mantienen la imagen de la sanidad pública catalana, porque el problema no es el personal, sino la falta de personal.

El sistema ha olvidado que las urgencias sanitarias no se rigen por ninguna norma que prohíba ponerse enfermo en fin de semana o festivos.



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