dimarts, 13 de març de 2018

De la solidaridad al morbo


Nos hemos movido sin placa, sin lupa, sin pipa, sin gorra de orejeras y sin violín como Sherlock Holmes; tampoco hemos puesto a trabajar nuestras células grises con la compañía de un gran bigote engominado, como hacía Hercules Poirot; y el Barrio Chino no ha sido el paisaje urbano por el que nos hemos paseado, como hacía Pepe Carvalho.

Pero durante 12 días hemos sido los mejores detectives que han existido jamás, y por eso ya teníamos solucionado el caso de la desaparición del pequeño Gabriel desde el mismo día de su desaparición, pues desde el domingo 11 de marzo, cuando la Guardia Civil hizo la detención de la presunta culpable del asesinato -ahora ya confesa-, la frase más generalizada ha sido el recurrente “ya lo sabía”, dejando entrever que estos días sólo han servido para corroborar lo que ya habíamos descubierto.

Desde el mismo día que se anunció la desaparición del pequeño sabíamos que había sido secuestrado, que no lo iban a encontrar con vida, que el culpable podía ser el padre, aunque después tuvimos claro que había sido su pareja, pero no dejábamos de dudar sobre el progenitor y hasta de la abuela, aunque rápidamente desechamos esta idea, y “las pruebas que habíamos recopilado” sin movernos del salón donde tenemos instalada la televisión, demostraban que la asesina era quien decíamos.

Es cierto que durante 12 días hemos somatizado sentimientos y compartido dolor, pero no es menos cierto, y que nadie se escandalice por la normal crudeza de esta reflexión pues está dentro de la normalidad, que como sociedad hemos vivido todo este luctuoso y lamentable episodio con cierta morbosidad, como si para solidarizarnos con el padre y la madre de Gabriel fuese necesario conocer algunos detalles, cuanto más escabrosos mejor.

Porque no entiendo que miles de personas rindan “homenaje” a una criatura cuyo “mérito inocente” ha sido ser asesinado por una hija de las “mil leches”. Estoy seguro que en la gran mayoría de esas personas residía un profundo sentimiento de solidaridad. Pero, ¿sólo solidaridad?  

Porque me pregunto qué sentido tiene, si no es por cuestión de morbo, preguntarle a unos padres que acaban de recibir la noticia de que han asesinado a su hijo de 8 años, ¿cómo se sienten?

Porque me pregunto si hacer tan mediático el secuestro y posterior asesinato de Gabriel, ha sido realmente útil.

Y porque me pregunto si es normal el “desembarco” de tantos políticos dando muestras de compungida solidaridad, como no haya sido para que algunos de ellos alimenten la morbosidad para esconder su fariseísmo.

La cruda realidad es que un pequeño de 8 años de edad ha sido asesinado, que el encomiable esfuerzo de todos los voluntarios que intentaron localizarlo ha sido lamentablemente infructuoso, que la Guardia Civil es quien ha logrado desentramar el caso y detener a la asesina, y que con toda seguridad, los padres del pequeño Gabriel no podrán sobreponerse jamás.

Simplemente podemos mostrar empatía, porque dudo que nadie pueda entender la magnitud del dolor de estos padres si no se ha sufrido una situación similar, por lo que querer ponerse en su lugar es adentrarse en la intimidad del por qué de sus sentimientos, y eso es traspasar esa fina línea que separa el morbo de la solidaridad.


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