dimarts, 3 d’octubre de 2017

Recordando la violencia de antaño

Cuando veo las escenas de las actuaciones policiales del pasado 1-O, -que las que conllevan violencia condeno y rechazo enérgicamente- y observo cómo algunas personas las clasifican con una especie de escandalizada sorpresa vehemente, pienso que debemos quedar muy pocos de aquellos que sí vivimos la violencia represiva, y que en muchos casos, la hemos venido sufriendo durante muchos años.

Que nadie piense que justifico nada, sino todo lo contrario, pero no quiero dejar de recordar aquellos momentos de condenable confrontación violenta, como mínimo tan intensos como los actuales.

Porque salir a la calle reclamando Libertad, Administía i Estatut de Autonomía, y o Libertad de Expresión, i provocar el enfrentamiento con aquellos armarios vestidos de gris, con porra, escudo y fusil en mano, y correr ante aquellos caballos montados por grises jinetes con yelmo del mismo color, y que armados con larguísimos vergajos flexibles hacían de Plaza Catalunya y Ramblas el escenario de la justa, la verdad es que a veces era un poco suicida per necesario.

Debo reconocer que solo una vez en aquellos actos de reivindicación rodé por el suelo, y por ello aquel día me salvé de algún porrazo, pero ello no quita que hubiese acabado detenido i después inmediatamente liberado, y que no haya tenido algún amigo que haya resultado herido de cierta gravedad durante alguna aquellas cargas.

¡Y no te digo si en aquella época te pillaban en una asamblea del MIL-GAG, por ejemplo!. O la policía te sacaba por la puerta de atrás como favor a algún familiar, pues algún inevitable policía infiltrado te había reconocido, o acababas en la Dirección General de la Policía y, muy posiblemente, en la Modelo. 

Así como en las múltiples huelgas y manifestaciones en las que he participado, donde esos mismos armarios con vestimentas y yelmos de otro color actuaban también con la contundencia que se les ordenaba, repartiendo ostias a diestro y siniestro.  

Cuando uno se plantaba en el suelo ante un coche de policía, sabía que se debía retirar o sería “retirado”, como cuando uno impedía el normal funcionamiento de carga y descarga de un barco o de un camión o de una grúa, sabía que muy probablemente acabaría esposado y detenido.

Las intervenciones policiales siempre han estado dentro de la normalidad en todos aquellos que nos hemos movido en el ámbito de la reivindicación, y cuando he participado en una movilización en mis cálculos cabía la posibilidad de que alguien, de un lado o de otro, actuase con desproporcionada violencia y que debería asumir las consecuencias.

Por ello solo puedo llegar a la conclusión de que, o bien ya quedamos muy pocos de los que hemos dedicado una parte importante de nuestra vida a reivindicar derechos políticos, laborales y sociales, o bien la mayoría de todos estos ciudadanos que hoy se extrañan de algunas condenables actuaciones policiales del 1-O, han tenido pocas oportunidades o no han querido reivindicar.


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