divendres, 4 de març de 2016

Una necesaria catarsis en la UGT

Los miembros de una Sección Sindical analizaban y decidían democráticamente en asamblea convocada lo que el delegado elegido para asistir a un órgano de ámbito superior debería defender en nombre de la afiliación. Este a su vez, en ese órgano de control, debía someterse a la decisión mayoritaria que defenderían los delegados que allí se eligiesen. Y así sucesivamente hasta llegar al último estamento donde la decisión fuese la definitiva.
 
Una especie de “democracia orgánica”, basada en la confianza de la delegación donde, de alguna manera, se podría decir que todos los afiliados participaban.
 
601 delegados electos participarán a partir del día 9 de marzo en el Congreso Confederal de la UGT donde se elegirá al Secretario General que substituirá a Cándido Méndez al frente de la organización pero, sobre todo, por ser lo más importante, se decidirá el modelo del sindicato y sus objetivos generales.
 
Pues bien, con más 30 años de militancia activa creo que puedo permitirme alguna licencia, y entre ellas decir públicamente que en las decisiones que tomen esos 601 delegados no hay ni un átomo de opinión que yo haya podido verter, porque ni he podido opinar sobre estrategias, y sólo por la prensa he podido conocer quiénes son y qué piensan los candidatos que optan a la Secretaria General de la UGT.
 
Qué legitimidad tienen los delegados que por la Federación de Servicios para la Movilidad y el Consumo, que es a la que pertenezco, para trasladar mi opinión. O los de la Unión de Catalunya, nada podrán decir en mi nombre, pues no he tenido la oportunidad de participar.
 
Como mínimo, hubiese querido elegir, aunque indirectamente, al delegado que a su vez elegirá al delegado que asistirá a otro órgano de control para elegir a otro delegado que será, el que finalmente, asistirá al Congreso Confederal y votará lo que democráticamente hemos podido decidir.
 
Al igual que algunos partidos políticos han debido hacer catarsis para legitimar su propia subsistencia, la UGT, como máximo exponente del sindicalismo de clase, debe también afrontarla, y profundizar en un modelo de participación que permita recuperar el sentimiento de co-propiedad que antes teníamos la militancia, pero que ahora va desapareciendo a marchas forzadas.

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