dilluns, 24 d’agost de 2015

Ante el 27-S, se recrudece la “guerra de banderas”

Es pública mi baja simpatía por la manifestación de sentimientos a través de simbología, como pueden ser las banderas, pero aunque convencido de que es una ostentación que no aporta nada, sino todo lo contrario, siempre he respetado a quienes desean mostrar sus posicionamientos través de ese sistema de comunicación, a pesar que yo preferiría que la proliferación de banderas en balcones respondiese únicamente a la celebración de festejos, siendo además temporalmente acotada.
 
Lamentablemente el hacer ostentación política en fachadas es algo habitual y sin limitación en cuanto a visión paisajística ni temporal se refiere, lo que ha convertido el derecho a disfrutar del entorno, como defendía Josep Vicente reivindicando el “dret a badar”, en una aventura imposible.
 
Como si de una declarada guerra de “trapos” se tratara, la gente convierte las calles en una especie de corrala, utilizando las balconadas como tendederos ostentosos de calidad y cantidad, para mostrar al público la talla, el gusto o la marca de su ropa interior, en un claro intento de ridiculizar a su vecino haciendo palpable que su posición es mucho más elevada.
 
Ahora levantamos la vista del suelo y nuestra mirada se topa, ineludiblemente, con el rojo y gualda de las banderas que compiten en esa especie de carrera por monopolizar las fachadas de cualquier ciudad catalana, pero con una cansina monotonía cromatística sólo rota por algún tono azul o por algún escudo constitucional, haciendo palpable que nos encontramos ante un enfrentamiento a semejanza a aquella “guerra de banderas” que hace unos años se hizo famosa en la semana grande de Bilbao.
 
Creo que, por una cuestión de salud colectiva y de convivencia cotidiana, la utilización de las banderas debería circunscribirse, únicamente,  a una demostración de alegría y jolgorio, jamás como símbolo para encabezar posiciones ideológicas; y, ni mucho menos, su utilización debería ser incentivada por responsables políticos elegidos democráticamente, al contrario de lo que están haciendo ahora desde según que ámbitos de poder de la sociedad catalana, pues ello alimenta los enfrentamientos entre ciudadanos que, al generalizarse, no desembocan en nada positivo, como se sabe por experiencia.
 
Quizás los poderes de la administración deberían tomar cartas en el asunto y prevenir problemas ulteriores que, a medida que vayan acercando los comicios del 27 S, sin duda se agudizarán mucho más.
 

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