dissabte, 11 de juliol de 2015

San Fermín: ¿tortura?

Me gustan las fiestas de San Fermín y desde hace muchos años no he dejado de vivir, aunque sea a través del plasma, la emoción de sus encierros. ¡Y seguiré haciéndolo mientras pueda hacerlo!
Únicamente dos veces he tenido la suerte de participar “in situ” de las carreras por las calles de Pamplona (¡era yo muy joven!) y, aunque ahora sería incapaz de emularme yo mismo, sobre todo por cuestiones físicas, reconozco que siento cierta añoranza de aquella “hazaña”.
Si bien es cierto que la celebración ha “evolucionado” y que la accesibilidad que ha facilitado la masificación, en algunos casos ha deteriorado la imagen por las actitudes de algunos descerebrados energúmenos, el espíritu sigue siendo el mismo y las fiestas de San Fermín mantienen el encanto propio de una celebración, patrimonio de un pueblo, que proyecta y comparte con orgullo su semana grande.
Por ello no me parece justo que de manera arbitraria, aunque legítimamente argumentada con argumentos en absoluto compartidos, se satanicen las fiestas de San Fermín bajo la ya recurrente afirmación de que se está torturando a los toros bravos.
Si la definición legal de tortura es, que lo es, “todo acto por el cual se inflige intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación”, no encuentro ningún paralelismo que permita afirmar que los amantes de estas fiestas son unos torturadores. Ni aún sustituyendo “persona” por “toro” podría considerarse que el animal está sometido a tortura. Y hablo únicamente del encierro y sus carreras, sin entrar a valorar la lidia que, ya no arbitrariamente y con argumentos más sólidos, algunos podrían considerar como un espectáculo sádico.

Entiendo que los animalistas puedan estar en contra del espectáculo taurino que comienza a las cinco de la tarde; y hasta podría entender que pusieran encima de la mesa propuestas para que lo que califican, erróneamente, tortura; pero no comparto que se manifiesten contrarios a la propia esencia de las fiestas de San Fermín y sus encierros de los que yo, al igual que los pamplonicas, me siento orgulloso y, en absoluto, torturador.

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