dijous, 30 de juliol de 2015

A los pedorríticos

Sí, quiero lanzar una oda a esos energúmenos que, de manera absurda se dedican a hacer gala de un supuesto poderío intermuslar, colocándose entre las piernas un artilugio motorizado para acrecentar sus atributos, aunque no contentos ni ahítos con esa visualización deciden acompañarla con insoportables y infames demostraciones de ruido.
 
Aunque no quieran, son los herederos de aquellos abnegados jinetes de la “derbipaleta”, porque aunque intenten suplir el blanco de aquella entrañable camiseta imperio por otro atuendo de colorido chillón, no son más que el “quiero y no puedo” de los verdaderos moteros.
 
Creen que su sonoro pero pedorrítico artilugio levanta pasiones, y que las miradas que se posan a su paso son fruto de la admiración, cuando la realidad es que quien más o quien menos desea que, sin hacerse daño alguno, claven sus “cuernos” en el asfalto y que el susto les haga desistir de su habitual aunque fanfarrona actitud.
 
Niñatos, ya algunos con canas en los belfos, que disfrutan alardeando de “motillo”, dando gas con intermitencia como quien cambia de velocidad, lanzando el sobrante de los decibelios permitidos a los oídos de los vecinos que deben resistir, con estoica paciencia, a tal demostración de incivismo, y no importándoles, además, jugar con la integridad física de los que se cruzan a su paso, alcanzando velocidades que esas máquinas tienen prohibidas y que, por pura lógica, no deberían tener la posibilidad de alcanzar.
 
El ridículo no les impide seguir enorgulleciéndose de ellos mismos, sin saber que el ruido que extraen de su velocípedo motorizado es el mismo que emitiría una flatulencia cuando debe pasar entre voluptuosidades hemorrodeícas.
 
De eso se valen, de que los ciudadanos ya hemos tirado la toalla, y cuando el buen tiempo les hace salir de su frustración nachovidaléica, saben que contra sus pedorríticas acciones, solo queda el derecho al pataleo para protestar contra ellos.

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