dissabte, 11 d’abril de 2015

Cocochas, Paquirri y yo

El otro día hablaba de las cocochas de merluza que, como plato recomendado, comí en un restaurante de Figueres y que en una salsa verde como mandan los cánones, y con una pequeña guarnición de almejas casi a modo de adorno, convierte esa gelatinosa “papada” de pescado en un plato exquisito donde los haya.

Es cierto que en este restaurante de la capital de l’Empordà las almejas no formaban parte de la receta, pero puedo asegurar que estas cocochas estaban a la altura de aquellas que, allá en el año 80, comía muy a menudo en Zaragoza, en un restaurante de El Tubo llamado el Gastrónomo que ahora ya ha desaparecido; como mínimo de esa famosa calle.

Restaurante El Gastrónomo era sinónimo de cocochas, pero también de angulas y de venado (primer y segundo plato) que en aquel tiempo eran productos de los que, aún de vez en cuando, uno podía disfrutar.

Pero en este establecimiento, que visitaba por motivos profesionales semana sí y semana también, viví una anécdota curiosa, creo que sería durante el año 1981 y, con mucha probabilidad, en torno a las fiestas del Pilar.

Acompañando al entonces nuevo Presidente de la Diputación General de Aragón, comíamos con Paquirri, el famoso torero ya desaparecido.

De golpe se levanta, se aleja para hablar con un camarero y vuelve a sentarse como si nada.

Al cabo de un momento aparece el camarero con un ramo de flores de consideración (no recuerdo si eran rosas), y se lo entrega a una señorita que ocupaba otra mesa con su pareja.

El marido, con cajas destempladas le dijo de todo a Paquirri que, sin inmutarse, con cara de no haber roto un plato, con aquella manera particular de hablar y aquel acento difícil de entender, pidió disculpas, aunque manifestó no entender el por qué, ya que él cuando veía una señora tan guapa como su esposa, no podía resistir la tentación de regalarle unas flores.

Claro, según él sin mala intención, aunque por sus comentarios y sonrisa eso de “sin mala intención” era más que dudoso.

Mandó que invitasen a comer a la pareja y yo, aquel día, no tomé el café en el Plata, como era mi costumbre.

Ya lo sé, historias de abuelo!

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