dijous, 30 d’agost de 2012

Una cuestión de peso

La observo como cada mañana, temeroso de su reacción.
 
Paso a paso, de manera vacilante me acerco a ella, deseando que carezca  de energía suficiente como para no castigarme con el pérfido diálogo que entablamos cada día.
 
Vana esperanza. Su estática presencia y su aparente indiferencia no pueden engañarme. Como cada día está esperando que la roce para abrir los ojos y, con gélida frialdad, sin decir palabra, posar en mí su retadora mirada.
 
Podría huir. Quizás debería huir. Pero no puedo dejar de caer en la tentación y utilizando suavemente un pie para despertarla, hago cohabitar en mi interior el deseo manifiesto de propinarle una augusta patada con el temor a lo que su pérfida y silenciosa boca  verterá en un instante.
 
Sé que a su sadismo imperturbable no tendré más argumentos que exclamaciones de disculpa, repasando y justificando cada una de mis acciones del día anterior.
 
Pero de poco servirá. La intensidad de sus reproches irá subiendo microsegundo a microsegundo, proporcionalmente a mi notoria gravidez.
 
Y como cada mañana, sin previo aviso y de manera rotunda dejará de moverse, obligándome a fijar mi mirada en la suya, de manera expectante, esperando percibir algún atisbo de compasión que rara vez se produce.
 
Pero hoy se ha ocurrido el milagro. Con sonrisa aviesa, me he permitido el malsano placer de lanzarle un sonoro improperio que, con ese malicioso ojo colocado a escasos milímetros de su pérfida boca, ha aguantado con estoicidad.
 
¡Jo…..te, báscula de los demonios. He bajado de los 90!.  

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