dilluns, 13 de febrer de 2012

Orgulloso de esposa y madre

- Esto es que tienes hambre. Come una magdalena.

Ésta fue la respuesta que le di a mi esposa cuando, hace 35 años, mi hijo mayor anunciaba insistentemente a su madre que quería salir a conocer el mundo.

Al cabo de unos minutos, con la canastilla bajo el brazo, me manifestó que nos íbamos hacia el hospital. En mi descargo de un aparente “pasotismo” y aunque no represente justificación, era hora dominicalmente intempestiva y yo me encontraba en lo mejor de un juvenil sueño.

Tampoco es justificable que en momento del alumbramiento yo me encontrase degustando unos canelones hospitalarios (no había móvil para recibir el aviso), y que al llegar a la habitación y encontrarla vacía corriese hasta la “sala de espera del nervosismo paterno” de la Clínica La Alianza para encontrarme inmediatamente con el renacuajo que, dentro de pocas semanas revivirá (espero que con mayor acierto y presencia que yo), el emotivo y agradable placer de ser padre.

Recuerdo que ese día mi esposa me ratificó, con rostro cansado y de dolor contenido, su decisión de no repetir. Me imagino que el dolor, al margen de epidurales, debía ser apocalíptico. Pero supongo que la experiencia envidiable de ser madre puede con todo, y la alegría se repitió cuatro veces más.

No me atrevo a contar todas las anécdotas que se sucedieron en el centro hospitalario esa tarde cuando, rodeado de amigos, y celebrando el acontecimiento alrededor de la joven madre y del personajillo acabado de nacer, una enfermera comprensiva nos invitó, de manera inflexible, a abandonar la habitación.

Lo realmente importante ese día, hace ya 35 años, y lo que merece el mayor reconocimiento, admiración i, ¿por qué no?, agradeimiento, es la decisión que tuvo aquella joven rubia de asumir la responsabilidad y el orgullo de ser madre.

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