dissabte, 11 de febrer de 2012

Confianza en el verdadero empresario


Tal y como había anunciado, el Gobierno español ha querido hacer visible su sumisión a los intereses de un capital que, bajo el epíteto de “mercados”, maneja el poder político europeo aprobando, de manera unilateral y bajo argumentos de una lógica aparente pero real incoherencia, una reforma laboral que vulnera y cercena todo aquello que se ha conseguido en el marco de la relaciones laborales, y siempre bajo el principio de consenso, a lo largo de 35 años de democracia.

Un paquete de imposiciones que no puede contentar a ninguno de los actores. Ni a los trabajadores y trabajadoras que ven cómo se avanza en la inestabilidad de sus condiciones laborales, ni a los verdaderos empresarios que, considerándose también trabajadores, defienden que el capital más valioso de su empresa es el humano, siendo conscientes de su aportación social está en generar riqueza propia y colectiva, no supeditando su papel activo al despido sino a la creación de empleo.

Y eso es lo que ha hecho esa patronal disfrazada de empresariado, que es la que realmente ha ejercitado la traición rompiendo el consenso de la negociación, junto con el gobierno español: utilizar la necesidad y el desasosiego de cinco millones de parados, creando una falsa esperanza al afirmar, de manera vil que, sólo haciendo universal la precariedad laboral es posible generar empleo.

¿Qué credibilidad merece un empresario que, viendo una oportunidad real de negocio, renuncia a rentabilizar su inversión pensando únicamente en el despido de los trabajadores? Desde luego, nulo.

¿Qué confianza puede merecer para un inversor un país que para reactivar su economía prioriza mecanismos que incentivan el cierre patronal y no para impulsar la creación de riqueza? Desde luego nulo, salvo para la especulación.

En una coyuntura como la actual, ¿qué sentido tienen unas medidas que parcializan el fomento de la ocupación en unas franjas de edad determinada, en detrimento de las que sí soportan el mayor esfuerzo económico y social? Desde luego, ninguno.

¿Y cómo puede pretender un país ganarse el respeto de sus socios europeos cuando basa sus medidas de recuperación económica en la renuncia a su propio protagonismo y liderazgo, eliminando de un decretazo el consenso que garantice una necesaria paz social? Desde luego, de ninguna manera.

Todavía tengo confianza en los verdaderos empresarios, y quiero seguir creyendo que una gran mayoría cree, como los trabajadores y trabajadoras, que siendo necesarias reformas estructurales en el mercado laboral, estas deben ir encaminadas a la generación de empleo estable y no al reparto de la precariedad.

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