diumenge, 31 d’octubre de 2010

Poder o Responsabilidad


Es esa necesidad permanente de demostrar que se ostenta el poder; es buscar la menor ocasión para recordar que está colocado en la parte más alta del organigrama; es esconderse en la vara de mando para imponer un autoritarismo que ralla el menosprecio; es la voluntad de conseguir el vasallaje a través de una falsa autosuficiencia.

Posiblemente los psicólogos dirían que es una manera de combatir la propia inseguridad personal. Alguno hasta diría que es la respuesta inconsciente a un complejo de inferioridad. Pero quizás lo más acertado sería afirmar que es la consciente actuación para esconder la propia y consciente incapacidad.

En el mundo empresarial, sobre todo en empresas familiares, sufre el empresario la necesidad de garantizar la continuidad de su negocio a través de sus hijos, hijas o familiares que, por tener la obligación de ejercer una actividad lograda únicamente por consanguineidad, necesitan proyectar al exterior su heredado auto poder a través de la fuerza y la imposición. Normalmente el resultado siempre es el fracaso por mala gestión.

En el ámbito político, en un estado de derecho, bajo el paraguas de un sistema democrático, que no de democracia orgánica, si bien es cierto que no existe la consanguineidad sí que existe la posibilidad de asumir el “poder” a través de mecanismos que no respondan a la manifiesta voluntad de la ciudadanía, que es la única que sí tiene en sus manos la legitimidad directa de poner la gestión política de sus intereses en manos de uno o de otro.

Entre ambos casos existe un denominador común que justifica esas patéticas muestras de fuerza insustancial, de falta de respeto y de desprecio: en las dos situaciones se ha accedido a un “ejercicio del poder” del que se ha de hacer ostentación visual en cada momento, pero en ninguna de la situaciones se ha accedido al “ejercicio de la responsabilidad”, que es realmente a lo que se compromete un cargo público.

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