divendres, 25 de desembre de 2009

Desmitificar la palabra crisis

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Si hay un palabra que durante el año 2009 ha tenido un significado mágico, ésta ha sido, sin ningún género de dudas, el vocablo crisis.

Mucho más allá del supercalifragilisticoespialidoso de Mary Poppins, o del típico y tópico abracadabra, crisis se ha convertido en la palabra utilizada por propios y extraños para hacer converger todas las argumentaciones justificatorias de lo acaecido en nuestro entorno.

Si una empresa ha cerrado sus puertas, dejando a miles y miles de trabajadores y trabajadoras en la calle, la crisis ha sido la culpable, con independencia de si ha sido provocada por una mala gestión o por la avidez insaciable del inversor.

Ha sido la crisis la precursora de la denominada desafección política, situando a los políticos como la tercera preocupación de los ciudadanos, por detrás del creciente desempleo; porque, según algunos interesadfos, el cohecho, prevaricación o enriquecimiento ilegítimo también los provoca la crisis

Que la banca siga generando beneficios endogámicos, que no riqueza ni dinamismo económico es culpa de la crisis, siendo esa misma crisis la que impide un impulso crediticio que permitiría vencer la precariedad en la que se encuentran la mayoría de empresas del país.

La crisis es la que imposibilita que las administraciones cumplan con las exigencias legítimas de la ciudadanía, y por las que los contribuyentes han sido religiosamente cumplidores.

Es la omnipresente crisis la que promueve la violencia o el aumento de la delincuencia con guante de cualquier color.

Hasta la crisis ha sido la que ha impedido que en Copenhague se consensue un acuerdo eficaz para luchar contra el cambio climático.

Como si de la palabra secreta que mencionan muchas creencias religiosas se tratara, la crisis ha sido el eje sobre el que ha girado todas y cada una de las situaciones que se han producido durante el 2009.

Crisis no es una palabra mágica; son los que tienen el convencimiento fehaciente de que “quien controla la crisis” controla el poder, quienes nos sumido en un estado de autoflagelación permanente, logrando que la crisis se convierta casi en una creencia digna de ser venerada en los altares, dotándola de un poder místico que no tiene, pero al que, por intereses particulares, no van a renunciar.


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